La obra que glosamos no puede situarse ni entenderse fuera del contexto de polarización urbi et orbi que caracteriza nuestro tiempo. Tienen razón los coordinadores que, del mismo modo que se estudia y analiza la amenaza iliberal de la «extrema derecha», debe de haber un espacio académico para hacer lo propio con la de la «extrema izquierda» o, como ha escrito A. Elorza, Ultras de uno y otro signo (‍en The Objective, 17/7/24), por mucho que, como también ha escrito D. Innerarity (La democracia y sus enemigos en El Correo, 21/7/24), ambos se erijan en defensores de la «verdadera» democracia, con su retórica encendida, al tiempo que se anatematizan, recíprocamente (y no solo ellos), como enemigos de la misma, reflejando su verdadera naturaleza iliberal, autoritaria, sectaria y reaccionaria de rechazo, casi patológico, al pluralismo constitutivo de nuestras democracias liberales. Estamos, por tanto, ante una obra militante en la que los coordinadores, al menos, toman partido explícitamente desde el primer momento. Algo que es habitual académicamente en cuanto elegimos nuestras prioridades temáticas o de investigación, al tiempo que mantenemos la tensión weberiana de la neutralidad valorativa. En todo caso, se trata de una obra necesaria y oportuna dado el momento de acoso sistémico en el que viven nuestras democracias pluralistas.

Tanto en la introducción, como en las conclusiones, suscritas por ambos coordinadores, respectivamente, se explicitan tales preocupaciones y posiciones analíticas. Si para A. Rivero, partiendo de una simetría espacial académicamente descuidada, el propósito conceptual de la obra es que «debemos hacer un uso homogéneo de las categorías y, si hay un espectro ideológico donde esté el centro, la izquierda y la derecha, y hay un extremo que es la extrema derecha, evidentemente hay un espacio sin atender que es la extrema izquierda», E. Uriarte define la «extrema izquierda» como «el conjunto de partidos e ideologías que están a la izquierda de los partidos socialistas y que cuestionan la democracia liberal, la libertad de mercado y el Estado, justifican en grados diversos el uso de la violencia, en nombre de lo que llaman igualdad, y los totalitarismos de extrema izquierda, como el cubano o el venezolano». No es, ni más, ni menos que lo que G. Sartori, cuando abordaba la cuestión de la polarización en los sistemas de partidos, calificó como «antisistema», con capacidad de chantaje para polarizar y tensar las relaciones interpartidistas, condicionando la gobernanza con la imposición de su agenda radical.

Hasta la caída del muro de Berlín y, sobre todo, de la Unión Soviética y sus regímenes de influencia, las familias políticas que deambulaban por el limitado espacio competitivo que dejaba la socialdemocracia a su izquierda mantenían una agenda con un adn heredado, ya sea del viejo anarquismo, o de la proliferación marxista-leninista (comunistas, ortodoxos o revisionistas, trostskistas, maoístas… castristas, bolivarianos…), la mayor parte de las veces, dependientes de las financiaciones y tutelajes de los regímenes totalitarios donde ejercían un poder sin competencia pluralista. Por supuesto, incapaces de entenderse entre ellos, dotando de pleno sentido al diagnóstico leninista de «el izquierdismo, la enfermedad infantil del comunismo», han ido fragmentándose en ortodoxias irrelevantes y con pretensiones de superioridad intelectual, moral y política inspiradoras de utopías revolucionarias, que siempre han acabado en fracasos dramáticos, como los propios regímenes nodriza donde han anidado fuera de la economía de mercado y del Estado social y democrático de derecho, en que se materializan las democracias pluralistas liberales.

Sin embargo, la crisis fiscal del Estado de bienestar, primero, y las consecuencias de las transformaciones de la revolución científico-técnica, del propio capitalismo financiero, la globalización, la crisis climática, las tensiones migratorias o las nuevas amenazas para la paz por los intereses estratégicos de las nuevas potencias del paradigma internacional multipolar cristalizan en un cambio cultural, caracterizado como «postmodernidad» o «postmaterialismo» y que conecta con las expectativas de las nuevas generaciones, sobre todo, de las clases medias occidentales, dando lugar a la proliferación de múltiples movimientos sociales temáticos (feminismo, identidades de género, ecologismo, pacifismo….). Precisamente, en este activismo movimientista encuentran su ventana de oportunidad de reencarnación radical todos los viejos grupúsculos izquierdistas, que reorientan sus herencias ideológicas hacia las agendas de los nuevos relatos identitarios, igualitarios, de nuevos derechos y, por supuesto, de rechazo beligerante al polo opuesto (descalificado como «fascista» o «extrema derecha»), con el que comparten sus rasgos populistas y de «superoferta» (en términos de Sartori) para dramatizar su amenaza antidemocrática y condicionar las posiciones y estrategias de los partidos sistémicos tradicionales.

Unos y otros han nacido para sustituir y, en última instancia, destruir a sus competidores ideológicos a derecha (liberales, conservadores, democristianos y/o centristas) e izquierda (socialdemócratas y laboristas), rompiendo la dinámica competitiva de carácter centrípeto y, en su caso, parasitarles tácticamente mediante la polarización centrífuga de la política de bloques. La crisis financiera global de 2008 y sus consecuencias y la ayuda inestimable de la explosión comunicativa de las redes sociales abren la gran ventana de oportunidad para que los discursos y movimientos populistas antiestablishment, no solo agudicen la crisis de confianza en nuestras democracias, sino también estén en condiciones de erosionar política y electoralmente a las grandes fuerzas sistémicas. El resultado ha sido la transformación de nuestros sistemas de partidos y los patrones de gobernanza con la consecuente desestabilización de nuestras democracias, según los casos.

Los once capítulos de esta obra describen y analizan esta dinámica desde la perspectiva del polo izquierdista de nuestras democracias en una serie de casos significativos y diferenciados, sobre todo, de Europa occidental (Portugal, Francia, Alemania, España, Reino Unido, Italia y Suecia), América Latina y las instituciones de la Unión Europea, además de un par de aproximaciones transversales. En los siete primeros capítulos de la primera parte dedicada a las «variaciones de extremismo» A. Rivero analiza el caso portugués, mientras que E. Uriarte hace lo propio con los casos francés y español, A.P.V. Kühn estudia el caso alemán, D. Sarias y M. Alvarez Tardío abordan el caso británico, J. De Palacio el italiano y F. Beltrán la situación en Suecia, una muestra significativa y variada de casos relevantes y, sobre todo, de democracias consolidadas y avanzadas. La segunda parte dedicada al plano transnacional y transversal analiza en cuatro capítulos, además de la situación comparada del fenómeno en el escenario geopolítico latinoamericano (M.A. Martínez Meucci y A. Chaguaceda) o de la peculiar dinámica de la cámara representativa de la Unión Europea (J. Zarzalejos, europarlamentario popular), los dos interesantes capítulos transversales en los que J.M. León hace el análisis comparado de la transformación discursiva entre el marxismo clásico y las concepciones postmaterialistas en Europa occidental, por un lado, y la convergencia identitaria de la extrema izquierda y el socialismo en el Parlamento Europeo. El interés temático es indudable y el abordaje es el propio del pluralismo analítico y metodológico de la politología académica, lo que le dota de una motivación adicional para el debate tras una lectura atenta.

Referencias[Subir]

[1] 

Elorza, A., Ultras, publicado en The Objective, 17/7/24

[2] 

Innerarity, D. La democracia y sus enemigos, en El Correo, 21/7/24