La obra que ahora nos ocupa, “Contra el estado”, fue publicada originalmente en 2017 con el título “Against the Grain: a Deep History of the Earliest States”, es decir, “A contrapelo: una historia en profundidad de los primeros estados”. Su autor, James C. Scott, sterling professor de Ciencias Políticas en la Universidad de Yale y catedrático de Antropología, rebate el relato dominante de la aparición del estado —como entidad surgida para proteger a sus miembros en un proceso evolutivo e irreversible—, para probar que distintas sociedades evitaron su formación a lo largo del tiempo o bien recurrieron a él para organizarse. Los traductores (Antonio de Cabo, José Riello y Ricardo Dorado) optaron, quizá, por “contra el estado” evocando el título ya clásico del antropólogo francés Pierre Clastres “La sociedad contra el estado” donde el autor explicaba cómo algunas sociedades contemporáneas evitaron la creación de estructuras políticas estatales. Scott analiza en esta obra los orígenes del estado en el próximo oriente, empleando fuentes secundarias de tipo históricas, antropológicas y geográficas para explicar el origen de la estructura política dominante en el mundo durante los últimos dos siglos: el estado. Se podría decir que emprende un auténtico estudio holístico en perspectiva histórica para explicar el origen del estado y su lenta extensión por el mundo.
Así pues, el autor realiza una lectura a contracorriente o alternativa de los textos y restos materiales conservados para examinar la aparición del estado y de las formas de organización no estatales. Scott señala que, si bien los primeros estados (en el área mesopotámica, nilótica, valle del Indo o en el río Amarillo) han dominado los registros arqueológicos e históricos (escritos de impuestos, unidades de trabajo, genealogías reales o mitos fundacionales), la mayor parte de la población mundial permaneció al margen de ellos y, por lo tanto, ignorada debido a no dejar constancia escrita o material.
Scott centra su análisis en el hecho de que los estados han sido agrarios desde su aparición, a diferencia de otras sociedades recolectoras, lo que lleva a formular su teoría política sobre el estado. Si Max Weber incidía en el factor legitimación para definir al estado como aquella comunidad humana que dentro de un territorio reclama para sí el monopolio de la coacción física legítima (Weber, 1984: 1056), Scott se centra en la principal actividad del estado, la de recaudar impuestos: “nosotros concebimos los estados como instituciones que poseen estratos de funcionarios especializados en la liquidación de impuestos (sea en grano, trabajo o en metálico) y que responden ante un gobernante o gobernantes” (Scott, 2022: 153). Sobre esta necesidad de recaudar impuestos para sostener al grupo gobernante nace la necesidad de ejercer la violencia legítima para conseguirlos.
El libro se organiza en siete capítulos en los cuales va desgranando distintos aspectos en los que argumenta su discurso para plantear, al fin de cada uno, una hipótesis a verificar.
En primer lugar aborda la transformación y domesticación del medio natural por medio del fuego. Las sociedades cazadoras-recolectoras lo emplearon en cacerías y para transformar zonas densas de vegetación en pastos y arbustos —que aportaban semillas y frutos— los cuales atraían especies cinegéticas del gusto humano creando nichos ecológicos que cambiarían el paisaje. Además, el uso del fuego en la cocina ampliaría la dieta. Con el tiempo, los primeros asentamientos estables aparecieron en humedales. La abundancia de aves migratorias, animales terrestres y acuáticos, junto con la diversidad de plantas en estos entornos, convertía a los humedales en nichos idóneos para el establecimiento de grupos humanos dedicados a la caza y recolección que, con el tiempo, simultanearían con la agricultura y ganadería. Lo característico del Neolítico, afirma, es la diversidad de recursos —tanto cinegéticos como agrícolas— no apropiables por ningún grupo humano diferenciado, de forma que no se dependía en exclusiva de alguno de ellos. La consecuencia de esta sedentarización sería la subordinación de la vida social a los ritmos agrarios de siembra-recolección así como un empobrecimiento de la dieta (al reducirse la alimentación a cereales cultivables y al prescindir de la caza por la cría de animales). Esta convivencia de seres humanos y animales daría lugar a la zoonosis —o transmisión de enfermedades de animales a seres humanos y viceversa— que se aborda en el tercer capítulo. La aparición de ciudades en Mesopotamia suponía una densidad de población desconocidad hasta entonces, cuya consecuencia sería la transmisión de patógenos que estarían detrás de numerosas enfermedades infecciosas y pestes que periódicamente azotarían los estados. De forma premonitoria Scott escribe “poco sorprende, pues, que la China suroriental (…) probablemente la mayor concentración de Homo sapiens, cerdos, gallinas, ocas, patos y mercados de animales salvajes mayor, más hacinada e históricamente más profunda del mundo, haya funcionado como la principal placa de Petri mundial para la incubación de nuevas cepas de gripe aviar y porcina” (Scott, 2022: 137); en efecto, dos años después de redactar estas líneas, allá surgiría la reciente pandemia del Covid-19.
A continuación, Scott analiza lo que denomina como la agroecología de los primeros estados. El cambio climático experimentado entre el cuarto y tercer milenio antes de la era cristiana se tradujo en un aumento de la aridez y en la reducción de los caudales de los ríos. En consecuencia, las áreas de alta densidad de población, de cultivo de cereales y de convivencia con animales vieron reducido su hábitat lo que llevó a rivalizar por tierras y a construir sistemas de irrigación. Es en este momento cuando aparecen las primeras ciudades estado en Mesopotamia. El cultivo de los cereales favorece el papel supervisor y colector del estado hasta el punto que Scott titula una sección del libro como “los cereales crean estados”. En efecto, la ventaja que presentan los cereales para el recaudador de impuestos es que su cultivo es mensurable, visible y las cosechas infinitamente divisibles, frente a otros cultivos como las legumbres (que no tienen un momento concreto de maduración para su cosecha) o los tubérculos (cuya parte comestible es subterránea y, por tanto, difícil de fiscalizar). Por otra parte, el trabajo intensivo de mano de obra que requiere el cultivo cerealístico, concluye Scott, explica el amurallamiento de las primeras ciudades estado. La finalidad de las murallas no sería tanto la protección frente a ataques de otras ciudades como la exigencia de proteger los silos de cereales y de tener confinada a la población agrícola dentro de su recinto para evitar su huida, la cual era controlada por medio de la escritura. De hecho, como señala Scott, los registros escritos más antiguos en Uruk —la ciudad estado más antigua conocida— eran listas de cereales, mano de obra e impuestos. Por ello, los censos de población —recuento de productores, soldados y esclavos— reflejaban la riqueza del estado.
En el quinto capítulo, se examinan la esclavitud y la guerra como formas de control de la población. Si bien la esclavitud es anterior a la aparición de los estados, el sostenimiento de éstos requería la existencia de una gran masa de mano de obra esclava para el trabajo de los campos. Por ejemplo, la mano de obra cautiva era necesaria en Uruk para la realización de los trabajos más penosos (labores agrícolas, trabajo del campo, obras de irrigación), para la elaboración de productos de exportación (tejidos) y como signo de estatus para las élites. Dada la naturaleza obligatoria y coercitiva de ese trabajo, la guerra sería el recurso para conseguir esclavos tras capturar prisioneros; en este sentido, especialmente valoradas eran las mujeres en edad reproductiva como criadoras de mano de obra para el estado. Concluye Scott, en cualquier caso, que un resultado de los primeros estados —como entidades políticas— fueron las sociedades a gran escala basadas en el trabajo esclavo, tales como el imperio persa o la Grecia y la Roma clásicas.
Aborda en sexto lugar la fragilidad de los estados tempranos. Según el registro arqueológico, transcurrieron unos cinco milenios desde los primeros indicios de sedentarismo hasta la creación de los primeros estados. Los nichos ecológicos de los primeros estados eran más reducidos y simples (la diversidad vegetal se reducía a unos pocos cereales) y vulnerables a los cambios del entorno por tres razones: la dependencia de una cosecha anual, la exposición a enfermedades infecciosas debida al hacinamiento de animales y personas y, por último, la dependencia del estado de su población más cercana. La presión fiscal de la élite dirigente sobre la población trabajadora según las fluctuaciones productivas anuales llevarían a situaciones conflictivas que, en el peor de los casos, se resolverían con la huida o la rebelión, dando lugar al derrumbe del estado. Por ello, Scott hace un elogio del colapso de los estados tempranos. Si en los registros históricos suelen aparecer períodos de decadencia con invasiones de otros pueblos, como sería el caso del Imperio romano, el autor considera estos colapsos como redistribuciones de población en los que el abandono de las ciudades (de la civilización en el sentido etimológico del término) servía tanto para eludir el pago de impuestos y el reclutamiento forzoso como para salvar muchas vidas por la mortandad de guerras o epidemias.
Por último, finaliza el libro con un ensayo sobre los bárbaros. Scott afirma que los conceptos bárbaro y tribu —tanto en Roma como en la antigua China— eran una ficción administrativa del estado para referirse a la población que no controlaba; es decir, aquella población de la que no se podía recaudar impuestos por residir en tierras áridas o montañosas, fuera de los valles fértiles e irrigados. De hecho, afirma el autor que el antónimo de tribu o bárbaro era campesino. Debido a las limitaciones agroecológicas de los primeros estados, los pueblos estatales y los no estatales (o bárbaros) eran socios comerciales por naturaleza. El flujo de personas sería lo que determinaría el devenir de una y otra forma de organización. Si bien el estado expulsaba súbditos —como en los momentos de colapso—, también los incorporaba. En efecto, los pueblos bárbaros suministraban población a los estados limítrofes de dos formas. Por una, abastecían de esclavos a los estados, por lo cual reforzaban estos núcleos. La otra forma, que llevaría a la desaparición de los bárbaros, fue su participación como mercenarios para los estados. No hay más que recordar la incorporación de germanos en las legiones romanas que, con el tiempo y el colapso del imperio, daría lugar a nuevas organizaciones estatales (reinos germánicos). Con el tiempo, a medida que los estados fueron superando sus limitaciones ecológicas en la edad moderna, fueron incorporando nuevas zonas del mundo hasta convertirse en la forma de organización política predominante de hoy en día.
Desde su visión crítica, esta obra enlaza con otras fruto de la experiencia de trabajo de campo de James C. Scott en el sudeste asiático y de su interés por el anarquismo, como pueden ser Los dominados y el arte de la resistencia o Elogio del anarquismo. Además su perspectiva sobre el origen del estado coincide con otras obras de reciente publicación como es la de Graeber y Wengrow (2022). En cualquier caso, la presente obra es una contribución básica al estudio del origen del estado, la cual abre nuevas y sugerentes perspectivas sobre su naturaleza y vigencia.
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Clastres, Pierre 1974: La société contre l’État. Paris: Les Éditions de Minuits (versión en español en Clastres 2010: La sociedad contra el estado. Madrid: La Llevir-virus). |
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Graeber, David y Wengrow, David 2022: El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad. Madrid: Ariel. |
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Scott, James C. 2003: Los dominados y el arte de la resistencia. Iruñea: Txalaparta. |
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Scott, James C. 2013: Elogio del anarquismo. Barcelona: Crítica. |
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Weber, Max 1984: Economía y sociedad, México: Fondo de Cultura Económica. |