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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">REP</journal-id>
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        <journal-title xml:lang="es">Revista de Estudios Políticos</journal-title>
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      <issn pub-type="epub-ppub">0048-7694</issn>
      <publisher>
        <publisher-name>Centro de Estudios Políticos y Constitucionales</publisher-name>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="publisher-id">rep.174.06</article-id>
      <article-id pub-id-type="doi">10.18042/cepc/rep.174.06</article-id>
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          <subject>Artículos de Análisis político</subject>
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            <subject>Artículos</subject>
          </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA EN LA TEORÍA DEMOCRÁTICA: DE LA MODERNIDAD AL
          SIGLO XXI</article-title>
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          <trans-title>Political Participation in Democratic Theory: From the Modern Age to the 21st
            Century</trans-title>
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            <surname>Almagro Castro</surname>
            <given-names>David</given-names>
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        </contrib>
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          <institution>Pontificia Universidade Católica do Rio Grande do Sul </institution>
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        <email>davalmagrocastro@gmail.com</email>
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      <pub-date pub-type="epub">
        <day>30</day>
        <month>11</month>
        <year>2016</year>
      </pub-date>
      <issue>174</issue>
      <fpage>173</fpage>
      <lpage>193</lpage>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2016</copyright-statement>
        <license>
          <license-p>Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Transcurrido un año desde su
            publicación, este trabajo estará bajo licencia de reconocimiento Creative Commons
            Reconocimiento-No comercial-Sin obra derivada 4.0 España, que permite a terceros
            compartir la obra siempre que se indique su autor y su primera publicación en esta
            revista.</license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>La crisis de legitimidad que afecta al mecanismo de la representación política justifica
          un análisis crítico de los diferentes parámetros que legitiman la preeminencia de la
          representación sobre la participación real y efectiva de la ciudadanía en las
          instituciones decisorias del Estado. El presente artículo propone un análisis del rol y
          densidad normativa de la participación política en los diferentes modelos democráticos
          desarrollados por la ciencia política. Se pretenden alcanzar dos objetivos
          interrelacionados: a) reafirmar la insuficiencia de la representación política como motor
          único del sistema democrático; b) justificar doctrinalmente —con base en el análisis de
          las diferentes teorías que componen la llamada democracia participativa— la conveniencia
          de reforzar la participación política de los ciudadanos en las estructuras decisorias
          del Estado.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>A crisis of legitimacy concerning the mechanism of political representation justifies a
          critical analysis regarding the unsustainable superiority of political representation over
          the real and effective participation of citizens in State decision-making institutions.
          The current paper provides an analysis of the role and normative strength of political
          participation, within the context of the different democratic theoretical models developed
          by Political Science. The paper pursues two related goals: (a) to highlight the inadequacy
          of political representation as the unique motor of democratic systems; and (b) to justify
          the benefits — based on the different theories comprising participatory democratic theory
          — of reinforcing political participation of citizens within the State’s decision-making
          processes and institutions.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group xml:lang="es">
        <kwd>Participación política</kwd>
        <kwd>democracia representativa</kwd>
        <kwd>democracia participativa</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Political participation</kwd>
        <kwd>representative democracy</kwd>
        <kwd>participatory democracy</kwd>
      </kwd-group>
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          <meta-name>magazine-editors</meta-name>
          <meta-value>Juan José Solozabal Echavarria, Joaquín Abellán García, Eva Anduiza Perea,
            Joaquim Brugué, Carlos C. Closa Montero, Javier Fernández Sebastián, Iván Llamazares
            Valduvieco, Antonio López Castillo, Javier Tajadura Tejada</meta-value>
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          <meta-value>Composiciones RALI, S.A.</meta-value>
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          <meta-name>Cómo citar este artículo / Citation: </meta-name>
          <meta-value>Almagro Castro, D. (2016). La participación política en la teoría democrática:
            de la modernidad al siglo <sc>xxi</sc>.<italic> Revista de Estudios Políticos,
            </italic>174, 173-193. doi:&nbsp;<ext-link
              xlink:href="http://dx.doi.org/10.18042/cepc/rep.174.06"
              >http://dx.doi.org/10.18042/cepc/rep.174.06</ext-link></meta-value>
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    <sec>
      <title>I. LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA EN LA MODERNIDAD: NOTAS INTRODUCTORIAS</title>
      <p>Es bien sabido que fue en el marco del Estado liberal posterior a la Revolución francesa
        donde la participación política comenzó a perfilarse jurídicamente. La residenciación de la
        soberanía en la Nación supuso un cambio radical de paradigma: los derechos naturales del
        hombre únicamente podrían ser protegidos si los ciudadanos fuesen soberanos. El
          «<italic>imperium</italic>», en manos del legislador, tenía por objeto garantizar que
        nadie, sino en virtud de una ley producto de la voluntad general, pudiese sufrir
        restricciones en el ejercicio de sus derechos y libertades. Con ello se ponía fin a un
        modelo de sociedad estamental en el que la existencia de diversos centros de poder impedía
        la garantía de los derechos y las libertades individuales.</p>
      <p>La consolidación del liberalismo como doctrina política trajo consigo un cambio de
        paradigma ideológico. La preocupación fundamental pasó a ser la conservación de la libertad
        entendida en su etimología moderna. Fue Benjamin Constant quien en su obra <italic>Escritos
          políticos </italic>acuñó la célebre expresión «libertad de los modernos» en contraposición
        a la «libertad de los antiguos». Este nuevo paradigma de libertad presupone un espacio de
        independencia del individuo en relación a los asuntos públicos. Mientras los antiguos
        reclamaban para sí una participación continua en los asuntos públicos como medio de
        legitimación del sistema político, los liberales modernos abogaron por limitar la
        participación a la selección y remoción de los representantes públicos a través de unas
        elecciones periódicas entendidas como garantía de control de la actuación de los
        representantes y de la contención de posibles abusos (<xref rid="B46" ref-type="bibr"
          id="ID370abf51-9ace-4f3f-9df1-ffff1d27a6ca">Presno, 2003: 35</xref>). Por primera vez en
        la historia los representantes elegidos por una fracción reducida del cuerpo electoral lo
        son de la Nación en su conjunto. La representación estamental de la Edad Media dio paso a la
        representación nacional y el mandato imperativo propio de aquella cedió su lugar al mandato
        representativo característico del Estado liberal.</p>
      <p>La participación política —posibilitada por la titularidad del derecho de sufragio activo—
        requería cumplir los requisitos de idoneidad establecidos en la Constitución francesa de
        1791. Primeramente, se exigía tener la condición de «ciudadano activo», una categoría
        atribuida tan solo a aquellos que cumpliesen las condiciones de la Sección II, núm. 2 del
        Título III («De los poderes públicos»), a saber: a) Tener nacionalidad francesa; b) Haber
        cumplido 25 años; c) Estar domiciliado en la ciudad o cantón por el tiempo determinado en la
        ley; d) Ser contribuyente; d) No ser criado; e) Estar inscrito en el registro de guardias
        nacionales propios de su domicilio y f) Haber prestado el juramento cívico.</p>
      <p>Una vez obtenida la condición de ciudadano activo, la titularidad efectiva del derecho de
        sufragio activo estaba condicionada a la propiedad. Solo serían electores quienes
        acreditasen ser propietarios o usufructuarios de un bien de naturaleza contributiva. La
        participación relevante era aquella de carácter individual y centrada en la ampliación de la
        esfera de dominación social mediante la consolidación de la posición de poder personal. La
        participación política tenía, en los comienzos del Estado liberal, un carácter meramente
        funcional de la participación social (<xref rid="B52" ref-type="bibr"
          id="ID7c22c846-ecb0-498b-9ee2-ee984e1fb55c">Sánchez, 1979: 172-173</xref>).</p>
      <p>La restricción de la participación política —expresada jurídicamente a través del derecho
        de sufragio censitario— se basaba en el siguiente argumento: si la soberanía nacional es
        garante de los derechos naturales del hombre, la consecución de ese objetivo dependería de
        la articulación de la voluntad de la Nación exclusivamente por aquellos que demostrasen
        tener las capacidades necesarias. Es decir, los ciudadanos activos que además fuesen
        propietarios. Dicho en otros términos: electores serían tan solo los burgueses acomodados
        que disponían del «juicio adecuado» para la selección de los representantes de la Nación
          (<xref rid="B58" ref-type="bibr" id="IDd22d88ff-e599-469b-aebc-9123e18cf173">Subirats,
          2012: 157</xref>).</p>
      <p>La Constitución francesa de 1793 supuso una tentativa frustrada de transformación del
        sufragio censitario masculino en universal. Su objeto era la superación del gobierno
        meramente representativo que hiciera de Francia una verdadera democracia<sup><xref
            ref-type="fn" rid="F1"/></sup>. Dicha tentativa de universalización del sufragio
        desapareció con el advenimiento de la reacción termidoriana. El texto constitucional
        subsecuente instauró nuevamente el sufragio censitario de acuerdo a los intereses de la
        burguesía girondina.</p>
      <p>La limitación de la participación política en los términos aquí vistos responde a la
        ideología dominante durante el siglo <sc>xix</sc>, la liberal, y al modelo de Estado
        asociado a ella. La libertad individual era entendida como un espacio de independencia y
        autonomía del individuo frente al poder estatal (libertad negativa). El objeto de la ley
        como expresión de la voluntad general no era otro que restringir al máximo la capacidad de
        intervención del aparato estatal en la esfera de <italic>independencia natural </italic>de
        cada individuo. La prevalencia de la libertad civil como esfera de autonomía individual
        tenía como reverso la relativización de la libertad política o de participación —es decir,
        la libertad positiva—, convirtiéndola en un mero instrumento de aquella.</p>
      <p>La participación política del conjunto de los ciudadanos en los asuntos públicos para la
        conformación de los aparatos estatales no era fundamental. De ahí que la universalización
        del sufragio no fuese objeto de discusión. Bastaba un cuerpo de representantes elegidos
        mediante sufragio censitario. La representación no obedecía sin más al imperativo de una
        soberanía atribuida a una colectividad ideal o en razón del tamaño y la población de los
        Estados. En su articulación también tenía una indudable incidencia el imperativo político de
        mantener la idea de libertad de los «modernos» (<xref rid="B5" ref-type="bibr"
          id="IDf30f3098-4ef9-4496-88ca-67d913724143">Bastida, 1991: 121</xref>).</p>
      <p>La transformación de la participación política en elemento legitimador de la organización y
        actividad estatal requirió de la superación del modelo de Estado liberal y de su conversión
        en Estado democrático. Una operación que tuvo por vértice la paulatina conversión del
        sufragio censitario en universal y la consecuente extensión de la participación política al
        conjunto de la ciudadanía (<xref rid="B42" ref-type="bibr"
          id="IDdd6d7ac0-c25d-4b93-94ba-e49dc9d2e793">Pearce, 2006: 20</xref>). Esta mudanza de
        paradigma acabó por consolidar la democracia representativa como modelo democrático
        imperante y elevó la participación política a la condición de principio de legitimación del
        Estado democrático (<xref rid="B45" ref-type="bibr"
          id="IDd0ea614c-b3ee-4619-88cb-01ec782c3fdb">Porras y Vega, 1996: 11</xref>).</p>
    </sec>
    <sec>
      <title>II. EL <italic>LOCUS</italic> DE LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA EN LOS DIFERENTES MODELOS
        DEMOCRÁTICOS</title>
      <p> No cabe dudar seriamente que la existencia de una verdadera democracia está condicionada a
        la participación real e influyente del conjunto de los ciudadanos en la formación de la
        voluntad política (<xref rid="B3" ref-type="bibr"
          id="ID1b2d4432-4267-4869-b142-031c38243379">Astarloa, 2002: 283</xref>; <xref rid="B51"
          ref-type="bibr" id="ID325e6b32-de29-41e1-a0cb-bba8cd633aea">Salazar, 2006: 24</xref>).
        Cualquier texto constitucional que se precie debe hacer de la participación política vector
        de legitimación del Estado democrático y del propio texto constitucional (<xref rid="B25"
          ref-type="bibr" id="ID9644c20d-2aa0-474f-83f8-c127b143ba04">Herrero, 2003: 111</xref>).
        Participación y democracia son conceptos simbióticos. No puede entenderse el uno sin el
        otro. Dicho con otras palabras: sin el reconocimiento y tutela de la participación no cabe
        hablar de democracia. Aquella es el fundamento funcional del orden democrático (<xref
          ref-type="bibr" rid="B46">Presno, 2003: 45-46</xref>).</p>
      <p>Es igualmente sabido que la democracia no es un concepto unívoco (<xref rid="B37"
          ref-type="bibr" id="ID33e1548c-7d07-4aeb-becd-a66678b3a07f">Muñoz, 2003: 138</xref>). Todo
        lo contrario. Son varios los modelos democráticos que a partir de la década de los años
        sesenta fueron desarrollándose por la ciencia política como alternativos al modelo
        hegemónico de democracia representativa. Huelga decir que la construcción científica de
        teorías democráticas alternativas a esta última ha traído consigo mutaciones que afectan a
        la definición, relevancia y límites de la participación política en la construcción jurídica
        y en el ejercicio del gobierno democrático.</p>
      <p>La consolidación del gobierno democrático y de su principal exponente, la democracia
        representativa, se originó durante el periodo de entreguerras (<xref rid="B2"
          ref-type="bibr" id="IDedde1149-abec-4997-9a1b-e218ffcf46df">Aranda, 2006: 189-190</xref>).
        Los debates que conformaron el <italic>ethos </italic>de la democracia moderna fueron dos.
        El primero, iniciado con Ostrogorski (1902) y al que seguirán Schmitt (1926), Kelsen (1929)
        y Schumpeter (<xref rid="B54" ref-type="bibr" id="IDc7497712-c257-47a6-8fe7-c48e5829eae7"
          >1942</xref>), tuvo por contenido la idoneidad de la democracia como forma de gobierno
        político de la sociedad. Tras la Segunda Guerra Mundial y una vez afirmada esta premisa
        original, el resultado fue la imposición del modelo de democracia competitivo-elitista de
        Schumpeter. Para el autor austriaco (<xref rid="B55" ref-type="bibr"
          id="IDa94019c7-6cbf-44a8-9fac-2d6204ce10ae">1961: 321</xref>) «el método democrático es un
        sistema institucional para la toma de decisiones políticas en el cual el individuo adquiere
        el poder de decidir mediante una lucha competitiva por los votos del elector». En este
        modelo democrático la participación ciudadana queda reducida a la selección de un cuerpo de
        representantes a través de elecciones periódicas (<xref rid="B33" ref-type="bibr"
          id="IDe8b3e67b-3d0f-4870-8e94-b41687e1606d">Miguel, 2002: 502</xref>).</p>
      <p>La reducción de la participación a la esfera electoral se basó en dos acontecimientos
        paralelos: el desarrollo de la sociología política y la emergencia de los Estados
        totalitarios. La caída de la República de Weimar, caracterizada hasta la extenuación por una
        amplia participación de las masas fascistas y la sustitución de la democracia por regímenes
        totalitarios, acabó por asimilar el término participación a movimientos totalitarios. No
        sería entendida en modo alguno como principio elemental para la existencia de un régimen
        democrático. Los adeptos de la democracia elitista-competitiva, que iban abriéndose camino
        como modelo dominante, iban deslizando el mantra de que a mayor participación, menos
        democracia (<xref ref-type="bibr" rid="B41">Pateman, 1992: 10-11</xref>). Huelga decir que
        esta concepción de la democracia como mero procedimiento de elección de la élite gobernante
        es un ejercicio de reduccionismo inaceptable hoy día. Sería equivalente a negar la
        posibilidad de cualquier forma de ejercicio sustantivo de soberanía popular.</p>
      <p>No quiere con ello negarse que la democracia inicialmente haya de ser entendida como un
        procedimiento para la toma de decisiones políticas de acuerdo a un conjunto de garantías
        establecidas normativamente (<xref rid="B8" ref-type="bibr"
          id="ID985555ab-b934-41e5-b413-8cb733f8aea0">Bobbio, 2007: 14</xref>). Normas cuya
        fundamentación ha de originarse en atención a los diversos modelos de pensamiento político
        democrático con incidencia en los mecanismos institucionales y las prácticas gubernamentales
        —liberalismo, republicanismo y autonomía— (<xref ref-type="bibr" rid="B31">Luchi, 2006: 76 y
          ss</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B59">Viejo <italic>et al.</italic>, 2009:
        39</xref>). El reconocimiento del pluralismo como valor superior del ordenamiento
        democrático incorpora diversos actores políticos al juego democrático con un ideal de
        organización del sistema político y de participación que obedece a objetivos y precisa, en
        consecuencia, de diseños institucionales diferentes.</p>
      <p> Las coordenadas básicas de la democracia liberal representativa son las siguientes: la
        restricción de la participación ciudadana a la selección de los líderes políticos (<xref
          rid="B54" ref-type="bibr" id="ID270da532-2d4c-4ef7-8b25-d43147234e49">Schumpeter,
          1942</xref>); el entendimiento de la apatía política como síntoma de estabilidad y normal
        funcionamiento del sistema (<xref rid="B17" ref-type="bibr"
          id="ID71159ef0-074f-4fad-aab0-c164bbc7cde4">Downs, 1956</xref>); la contradicción entre
        movilización e instrumentalización (<xref rid="B26" ref-type="bibr"
          id="ID2f742583-feed-4ba0-9b20-716e1dcc98b2">Huntington, 1968</xref>); el pluralismo
        entendido como disputa entre las élites partidarias (<xref rid="B15" ref-type="bibr"
          id="ID48cfcfd0-884d-4ed5-bdf9-60261446b599">Dahl, 1971</xref>); los sistemas electorales
          (<xref rid="B29" ref-type="bibr" id="IDe9c7a3de-2a0e-4c64-94ce-f4ef57df990a">Lijphart,
          1984</xref>); y la minimización de la participación bajo el argumento de las escalas y la
        complejidad técnica de la agenda política (<xref rid="B7" ref-type="bibr"
          id="ID8e0136d5-c72f-49a0-8e2b-81bc19be013c">Bobbio, 1986</xref>)<sup><xref ref-type="fn"
            rid="F2"/></sup>.</p>
      <p>El proceso democrático se articula preferentemente mediante la forma de compromiso de
        intereses. Las reglas de conformación del acuerdo democrático que ha de garantizar la
        equidad de resultados son las representadas y garantizadas por los derechos fundamentales
        liberales (<xref rid="B23" ref-type="bibr" id="IDf3b30c58-f253-4c75-a22c-756efba83116"
          >Habermas, 1997: 19</xref>). De este estado de cosas puede deducirse fácilmente que el
        autogobierno no es el eje central del pensamiento liberal al contrariar el principio básico
        de Estado mínimo. Favorecer la participación ciudadana implicaría atender las incesantes
        demandas sociales, alterándose la estructura mínima estatal y dando lugar a un Estado de
        naturaleza intervencionista contrario a la <italic>trinidad </italic>liberal: propiedad,
        seguridad y derechos naturales.</p>
      <p>En la democracia de corte liberal representativa la participación política ha de
        supeditarse a la idea de libertad negativa. Tiene carácter voluntario e instrumental. Su
        expresión preferente es la participación electoral (<xref rid="B22" ref-type="bibr"
          id="IDd9eab368-78be-4a3c-9211-c983080258c9">González, 2013: 46</xref>; Viejo <italic>et
          al.</italic>, 2009: 41). Sus defensores se amparan en un argumento que acabó por
        constituirse en una suerte de mantra: el que una mayor participación ciudadanía implicaría,
        ante la exigencia de satisfacer continuamente las demandas sociales, la sobrecarga del
        sistema político (<xref rid="B57" ref-type="bibr"
          id="ID858720c0-5a04-405f-b0ea-139bb6af1fea">Sousa y Avritzer, 2004: 53-54</xref>). El
        resultado sería su desestabilización y disfuncionalidad (<xref rid="B44" ref-type="bibr"
          id="ID82b569d3-a2ce-43e6-8582-2c68c3cba6fe">Pisarello, 2003: 130</xref>). Otro argumento
        para la restricción de los canales de participación ciudadana es la desconfianza de la
        capacidad ciudadana para la comprensión y entendimiento de la realidad política. El
          <italic>demos </italic>es un sujeto incapaz de asumir la responsabilidad en la gestión de
        los asuntos públicos (<xref rid="B37" ref-type="bibr"
          id="ID5f49733a-ab13-4bbf-ae25-29b22f58f115">Muñoz, 2003: 139</xref>). Partidos políticos y
        candidatos han de ser los principales protagonistas de la toma de decisiones políticas. Los
        primeros, canalizando la participación a través de la contienda electoral. Los segundos,
        asumiendo la representación en base a una presunción de competencia técnica (<xref rid="B42"
          ref-type="bibr" id="ID434157ee-228a-44a5-89a6-92287ea4a749">Pearce, 2006: 20</xref>).</p>
      <p>La presunta idoneidad de la democracia representativa frente a otros modelos democráticos
        se basa en tres factores interrelacionados. En primer lugar, se afirma que el tamaño de las
        sociedades actuales imposibilita articular un modelo de democracia directa similar al
        establecido en el mundo clásico<italic>. </italic>La representación es el único medio eficaz
        de dirección política. Otro de los argumentos es la complejidad técnica de la agenda
        política, que exige un número cada vez mayor de personal especializado (Bobbio, 2007:
        41-42). Este fenómeno trae aparejado el tercer argumento, el de la incapacidad de la
        ciudadanía para la adecuada comprensión de los problemas técnicos. La toma de decisiones
        exige la selección de un cuerpo de representantes que conformen una «élite» técnicamente
        capacitada para la adecuada satisfacción de los problemas políticos (<xref rid="B56"
          ref-type="bibr" id="ID6b0cffdb-f9b5-4fbd-8aaf-df3a28b2fdf7">Sermeño, 2006: 11</xref>).</p>
      <p>La representación política sería el modelo idóneo para superar estas circunstancias y
        lograr un gobierno estable de los asuntos públicos, la tan deseada gobernabilidad. Los
        partidarios de la democracia representativa menosprecian la desafección que un mecanismo
        como la representación política provoca en la ciudadanía. Un grado moderado de apatía es
        síntoma de buen funcionamiento del sistema (<xref rid="B40" ref-type="bibr"
          id="ID0c468414-c0e6-4fc1-aa58-add4b5c5fc2c">Ovejero, 2012: 57</xref>)<sup><xref
            ref-type="fn" rid="F3"/></sup>. La participación política ha de ser controlada si
        quieren evitarse los excesos que podrían provocar la saturación de la política y poner en
        peligro la estabilidad del sistema. Nada es más peligroso para la democracia, dirá Bobbio
          (<xref rid="B8" ref-type="bibr" id="ID0f142fea-21cc-4ae4-adbd-c2b9cd7c4c9a">2007:
          33</xref>), que el exceso de democracia.</p>
      <p>El talón de Aquiles de este modelo democrático es la rendición de cuentas. La participación
        política se centra principalmente en la autorización otorgada por el cuerpo electoral a los
        representantes políticos. La <italic>accountability </italic>pasa a ser un factor secundario
        de legitimación del sistema democrático representativo<italic>. </italic>La única
        posibilidad real de exigir responsabilidades a los gobernantes se retrasa al periodo
        electoral sucesivo (<xref rid="B13" ref-type="bibr"
          id="ID0bf2cede-5e9d-499a-b644-9e2a50ca61b8">Cruz, 2010: 210</xref>; <xref rid="B6"
          ref-type="bibr" id="ID5c3154f4-61e9-49b1-aade-746df5a85f3d">Blas, 2006: 12</xref>).</p>
      <p>La democracia participativa se presenta como modelo contrapuesto al representativo tanto en
        su fundamentación teórica cuanto en los mecanismos jurídicos e institucionales de ejercicio.
        Su eje axiológico se basa en un entendimiento antagónico de la libertad y la participación y
        sus efectos en la legitimidad y funcionamiento del sistema democrático. La libertad es
        entendida en sentido positivo, es decir, como espacio de no dominación. En este escenario la
        participación ha de ser entendida como derecho y valor sin el cual la democracia pierde su
        legitimidad (<xref rid="B16" ref-type="bibr" id="ID98be62f9-2960-4687-b265-be0422d3e565"
          >Dias, 2011: 60</xref>). La democracia participativa puede, como afirma Cruz (<xref
          rid="B13" ref-type="bibr" id="IDc39b43e1-eb4d-4019-b6e0-fcf03b5a2707">2010: 212</xref>)
        «[…] representar un estadio más avanzado del concepto de Democracia. Es la Democracia como
        valor social y no apenas como procedimiento».</p>
      <p>Mientras la democracia representativa restringe básicamente la participación a la
        electoral, la filiación partidista y el asociacionismo civil, la democracia participativa
        persigue una mayor implicación ciudadana mediante el robustecimiento de los canales de
        participación directa y semidirecta. Otras posibilidades, que aquí nos limitaremos a
        nombrar, son el fortalecimiento del asociacionismo civil, las audiencias públicas y foros.
        Para la democracia participativa la soberanía popular es intransferible y el autogobierno es
        el pilar central de la legitimación del sistema político. No se trata tan solo de legitimar
        la acción del gobierno. Ha de hacerse efectivo el derecho a la autodeterminación. Su eje no
        gravita alrededor de la participación directa, es decir, en el acto final de adopción de las
        decisiones políticas. Se trata de lograr una participación influyente en los procesos
        decisorios que preceden a la toma de decisiones definitivas y de garantizar que la voluntad
        así surgida sea respetada en la práctica (<xref rid="B13" ref-type="bibr"
          id="IDaec5657c-84fb-4570-8371-14c352c96b06">Cruz, 2010: 214</xref>; <xref rid="B38"
          ref-type="bibr" id="IDaa436f1d-095c-44d2-89ee-4c5e8c2a429f">Navarro, 2000: 13</xref>).</p>
      <p>La ciudadanía no es considerada un sujeto pasivo meramente receptor de políticas públicas y
        potencial amenaza para la estabilidad del sistema. Conoce la realidad que le afecta y tiene
        capacidad para decidir correctamente sobre los problemas que le conciernen con igual o mayor
        eficacia que los técnicos gubernamentales (<xref rid="B4" ref-type="bibr"
          id="IDf761c675-94ef-4701-b06f-3a92a08e0b56">Barber, 2003: 147</xref>; <xref rid="B19"
          ref-type="bibr" id="IDf0ab2d64-20ce-4b0d-9eff-c2d264a16b9b">Freitas, 2011: 4</xref>). Una
        mayor participación conlleva innegables beneficios sociológicos, tales como una mayor
        conciencia pública, el desarrollo de un espíritu social cooperativo y un incremento de la
        afección democrática hacia instituciones y procedimientos democráticos tenidos por
        mecanismos efectivos de solución de conflictos y problemas sociales. Un sistema político más
        participativo, afirman sus partidarios, contribuiría a paliar una desigualdad reforzada por
        aquellos modelos democráticos escasamente participativos (<xref ref-type="bibr" rid="B32"
          >McPherson, 2009</xref>: 122; <xref rid="B13" ref-type="bibr"
          id="IDb71d7c05-1b93-4f3d-96cd-4c2cf6f344e0">Cruz, 2010: 214-215</xref>).</p>
      <p>La democracia participativa invierte el paradigma sobre el que se asienta el sistema
        democrático. Durante gran parte del siglo <sc>xx</sc> la democracia se entendió como una
        cuestión que por su importancia intrínseca no debía ser dejada en manos de los ciudadanos.
        El modelo democrático participativo, aún pendiente de mayor densidad normativa ante las
        resistencias del <italic>statu quo </italic>a la apertura del sistema, tiene por principio
        nuclear el inverso: la democracia es un concepto lo suficientemente importante como para ser
        dejado en manos de las élites dirigentes (<xref rid="B13" ref-type="bibr"
          id="IDb1bee0d2-1288-4fad-af6b-7ece1017dadf">Cruz, 2010: 214</xref>).</p>
      <p> La crítica común al modelo de democracia participativa es su imposibilidad de articulación
        a nivel nacional. Se antoja más factible en el escenario local. La participación causal por
        ciudadanos iguales en el ejercicio del gobierno es una contradicción irresoluble. Solo una
        minoría puede ejercer una participación decisiva en la toma de decisiones colectivas, bien
        por ser elegidos, bien por poder comprar la influencia, bien por su brillantez. No cabe la
        igualdad de eficacia entre ciudadanos pretendidamente iguales. Si así fuese se produciría la
        impotencia causal de todos y cada uno de ellos (<xref rid="B47" ref-type="bibr"
          id="ID890eaff5-51e6-473a-89bd-4449d7557f8d">Przeworski, 2012: 11</xref>).</p>
      <p>El modelo de democracia participativa presenta diversos enfoques que comparten un objetivo
        común: fortalecer la participación ciudadana. Formalmente son reconocidos bajo las
        categorías de democracia deliberativa, directa y radical (<xref ref-type="bibr" rid="B59"
          >Viejo <italic>et al.</italic>, 2009: 44 y ss.</xref>). La participación política presenta
        matices conceptuales que por su relevancia merecen un análisis comparativo.</p>
      <p>La democracia deliberativa considera la participación como <italic>conditio sine qua non
        </italic>de la legitimidad de las decisiones e instituciones democráticas. Participar es un
        término que va más allá de la participación meramente electoral. Los demócratas
        deliberativos, que tienen en la teoría de la justicia de Rawls y en la teoría discursiva de
        Habermas sus principales fuentes, buscan que los diferentes grupos sociales afectados por
        las decisiones colectivas participen como seres libres e iguales en la formación de la
        voluntad, a través de un discurso racional y argumentativo que tome en consideración el
        pluralismo ideológico propio de la democracia<sup><xref ref-type="fn" rid="F4"/></sup>.</p>
      <p>Dicho con otras palabras: los participantes deben poder llegar en condiciones libres e
        igualitarias a preferencias informadas, debiendo poder adquirir y ejercitar las habilidades
        requeridas para la participación en los centros de decisión estatales (<xref rid="B12"
          ref-type="bibr" id="IDe91dd134-fb12-4228-abc9-b4dbec89f913">Corrêa da Costa, 2011:
          73</xref>; <xref rid="B14" ref-type="bibr" id="ID0deeee8e-321b-4491-ae99-cf1fa9a78e47"
          >Cunningham, 2009: 195</xref>; <xref rid="B34" ref-type="bibr"
          id="IDf62e3118-7ad2-46a8-b9c4-b660af045ca2">Moreno, 2005: 315</xref>).</p>
      <p>A diferencia del modelo representativo, donde la aceptación de las preferencias de la
        ciudadanía se somete a un procedimiento imparcial —la votación—, en la deliberación las
        partes esgrimen argumentos que dan lugar a una solución consensuada y legítima a través de
        la negociación (<xref rid="B18" ref-type="bibr" id="ID52e1c33c-c876-440f-9911-a9576941d358"
          >Elster, 2001: 18</xref>). La democracia deliberativa se caracteriza por ser un modelo
        democrático ideológicamente dinámico en el cual la ciudadanía ha de estar preparada para
        cuestionar y mudar valores y preferencias anteriormente tenidas por válidas (<xref rid="B20"
          ref-type="bibr" id="ID29fc13a2-99b7-43a0-bc93-15cc943ccb77">Gambetta, 2001: 35-36</xref>).
        La participación sirve a la autodeterminación democrática un propósito mayor que al de
        registrar y votar por diversas preferencias preestablecidas. A través de la deliberación, la
        participación igualitaria tiene un efecto doblemente legitimador: a) las decisiones son
        aceptadas como vinculantes por haber sido producidas mediante deliberación de las partes
        vinculadas a ellas; b) las instituciones son aceptadas como sustancialmente democráticas
          (<xref ref-type="bibr" rid="B28">Kozicky, 2004: 45 y ss.</xref>; <xref rid="B34"
          ref-type="bibr" id="ID7c7f6516-84e5-4324-b6b6-2bf5cf14df93">Moreno, 2005: 317</xref>).</p>
      <p>Un segundo modelo de democracia participativa es la democracia directa. La participación
        tiene por objeto la realización directa de la ley por la ciudadanía. Los partidos políticos
        no desempeñan el papel de instancias centrales de las decisiones políticas. Ese espacio es
        ocupado directamente por una ciudadana responsable del acto final de adopción de las
        decisiones políticas (<xref rid="B10" ref-type="bibr"
          id="IDb26a6d45-c9f2-4bda-a198-8e503ed74008">Castellá, 2013: 205</xref>). La crítica
        doctrinal a este modelo democrático se centra en la imposibilidad de su articulación
        práctica motivada por el tamaño, la diversidad de las sociedades actuales, la complejidad de
        la agenda política y la imprescindible rapidez en la toma de decisiones (<xref rid="B25"
          ref-type="bibr" id="ID16ee82a0-d5f9-464d-a04d-2d89cc384551">Herrero, 2003: 111</xref>;
          <xref rid="B24" ref-type="bibr" id="ID48194aab-5f45-4681-90fe-e362e2225fc4">Hernández,
          2002: 201</xref>).</p>
      <p>El tercer modelo democrático participativo es el denominado pluralismo o democracia radical
        que tiene en Pateman, Mouffe, Laclau y Connolly a algunos de sus principales teóricos. Para
        la democracia radical el conflicto por la ocupación del poder es un hecho inevitable y
        consustancial a la sociedad democrática. El antagonismo es inherente a la naturaleza humana
        y su confrontación y superación requiere de la política. El modelo radical parte del
        reconocimiento del pluralismo antagónico que, gracias a ello, puede ser contenido a través
        de las reglas del juego democrático. Se rechazan la minimización o negación del conflicto,
        susceptible de ser resuelto mediante la adopción de decisiones colectivas con la apariencia
        de consenso propia de la democracia procedimental, y la reducción de la política al
        encuentro de un modelo ético propio del modelo deliberativo (<xref rid="B36" ref-type="bibr"
          id="IDf14962fd-9db1-4d2c-a671-32cf55c23fd6">Mouffe, 2012: 113</xref>).</p>
      <p>La reducción de las desigualdades sociales y económicas es otro de los propósitos de la
        democracia radical. Las personas nacen en situación de desigualdad económica y social,
        circunstancias que limitan severamente las posibilidades de participación de los individuos
        en desventaja. Situar a la ciudadanía en condiciones de igualdad participativa mediante la
        reducción de las desigualdades es <italic>conditio sine qua non </italic>para poder hablar
        de democracia sustantiva. Las políticas públicas deben tener un enfoque redistributivo en
        función del reconocimiento del pluralismo social.</p>
      <p>La participación persigue una finalidad más amplia que la mera resolución de los conflictos
        sociales a través de un «consenso» liberal institucionalmente predeterminado a favor de los
        grupos dominantes. Su ejercicio en las diversas esferas de la vida en sociedad —política,
        social, cultural, económica, profesional— persigue la emancipación a través de la
        radicalización y profundización democrática (<xref ref-type="bibr"
          id="ID35207cca-eaea-48d7-b339-03d60b49299a" rid="B59">Viejo <italic>et al.</italic>, 2009:
          51</xref>).</p>
      <p>Recapitulando, la participación política es objeto de diferentes enfoques y valoraciones en
        función del modelo democrático que se trate. La democracia liberal-representativa la
        considera un derecho a canalizar preferentemente mediante un sufragio periódico y en el que
        los actores principales son los partidos políticos. Otros institutos jurídicos de
        participación son reducidos a su mínima expresión ante posibles tendencias populistas o
        demagógicas favorecidas por el ejercicio directo de la democracia.</p>
      <p>La democracia participativa presenta un amplio abanico de construcciones doctrinales que
        muestran importantes matices en su finalidad. La democracia directa procura acentuar la
        identidad entre gobernados y gobernantes al primar los instrumentos directos de intervención
        y decisión de los ciudadanos en los asuntos públicos. La participación tiene por objeto
        legitimar directamente la producción normativa. El efecto reflejo inmediato es la reducción
        del protagonismo de la representación política y de los partidos políticos. Para la
        democracia deliberativa, aparte de un derecho de selección de los representantes, la
        participación ha de ser ejercida en condiciones de igualdad y libertad por todos aquellos
        afectados por la norma. La participación tiene un efecto legitimador de las instituciones
        democráticas. Por último, la participación en la democracia radical tiene un efecto
        emancipador: la supresión de las desigualdades sociales que perpetúan el <italic>statu quo
        </italic>de dominación de las élites en el poder.</p>
    </sec>
    <sec>
      <title>III. DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA: DEFINIENDO LOS LÍMITES DE LA PARTICIPACIÓN EN EL SIGLO
        XXI</title>
      <p>La participación política adquirió especial relevancia en la esfera comunitaria a partir de
        los años sesenta. Surgían nuevas reivindicaciones de grupos sociales diversos
        —principalmente estudiantes y trabajadores— que demandaban la ampliación del canon
        participativo en las diversas esferas sociales. Frente a quienes alertaban de los peligros
        del «exceso de democracia» para la estabilidad del sistema político, surgían plataformas
        sociales a favor de redefinir el contendido, el alcance y los límites de la participación en
        la teoría democrática (<xref rid="B35" ref-type="bibr"
          id="ID3a64102d-26b5-4a2c-9293-6fcc875adb77">Mouffe, 1999: 43</xref>).</p>
      <p>Esta reivindicación está lejos de poder considerarse satisfactoriamente resuelta. La
        demanda en pro de mayores cotas de participación en las instituciones estatales se ha
        convertido en un tema recurrente de discusión en el ámbito de las ciencias sociales. La
        desafección política —expresada en niveles de abstención electoral preocupantes— y la
        creciente desconfianza ciudadana en las instituciones democráticas están removiendo los
        cimientos de la democracia representativa sin que por el momento se vislumbre una teoría
        alternativa que logre dejar satisfechos a los diversos operadores sociales y políticos
        afectados.</p>
      <p>La pretensión de una mayor y más eficiente participación en las instituciones estatales
        precisa ser delimitada para no incurrir en idealizaciones sobre sus potencialidades. La
        participación política por sí misma no resuelve las deficiencias del sistema democrático. Es
        parte de un problema multifactorial que desborda las pretensiones de este artículo. El
        objetivo que aquí se pretende alcanzar —siguiendo la estela de Pateman— es contribuir a
        establecer el lugar que le corresponde en una teoría democrática moderna y viable (<xref
          rid="B41" ref-type="bibr" id="IDb2d0c86b-efc4-4a51-9274-521ccf279062">Pateman, 1992:
          9</xref>).</p>
      <p>El punto de partida de cualquier análisis a tal efecto debe comenzar con un replanteamiento
        de las características diferenciales de las democracias actuales. No hay como negar que los
        esquemas teóricos nucleares de la discusión y reflexión del derecho público, herederos del
        liberalismo clásico, han devenido manifiestamente insuficientes. Sociedad y política se
        interpenetran de forma tan compleja y profunda que imposibilitan la autonomía funcional
        característica de la época liberal (<xref rid="B52" ref-type="bibr"
          id="ID355d33ff-9c8c-41f6-90f5-bcf010f928fc">Sánchez, 1979: 172</xref>).</p>
      <p>La hegemonía de la democracia liberal representativa trae consigo una paradoja que afecta
        al sistema en su conjunto y es que, a medida que la misma se expandió y se consolidó como
        modelo democrático, se han ido propagando prácticas escasamente democráticas. La
        participación, fundamentalmente electoral, viene alcanzando niveles preocupantes de
        abstencionismo que favorecen la desafección política de la ciudadanía. La representación
        política se muestra ineficiente para ofrecer respuestas adecuadas a las demandas sociales
        provenientes de sociedades plurales y complejas como las actuales (<xref rid="B49"
          ref-type="bibr" id="ID4fb961a1-397b-4bd8-94ff-9b4f062c32fb">Rivero, 2009: 209</xref>).</p>
      <p>Como se ha dicho en el apartado anterior, la participación política se ve reducida al
        ejercicio del derecho de sufragio que conforma el mecanismo de la representación. De su
        correcto funcionamiento se deriva la solvencia de la primera. Una afirmación que la evidente
        crisis de legitimidad que la representación política viene sufriendo coloca en tela de
        juicio. Si se da por válido este escenario, la pregunta que debemos intentar responder es si
        incrementar la participación puede ser parte de la solución al problema de legitimidad que
        atraviesa el sistema político (<xref rid="B11" ref-type="bibr"
          id="ID45c1600b-8cb8-47d5-854e-075a168f53bf">Colino y Del Pino, 2008: 249</xref>).</p>
      <p>La hostilidad de la democracia liberal representativa a la ampliación de los canales de
        participación política se basa en la consabida cuestión de las escalas. Hoy día no resulta
        trasladable la «experiencia democrática directa» de las antiguas ciudades-estado griegas.
        Una solución que para Sousa y Avritzer puede tacharse de simplista al ignorar el problema de
        las gramáticas sociales y dar una solución exclusivamente geográfica a las relaciones
        participación-representación. Es posible, afirman los autores, la construcción de sólidas
        complementariedades entre ambos modelos democráticos y las escalas local y nacional (<xref
          rid="B57" ref-type="bibr" id="ID25332ea2-146b-4ae8-9d46-a7c13f86cd4a">Sousa y Avritzer,
          2004: 67-68</xref>).</p>
      <p>Las posiciones antagónicas de los defensores de la democracia liberal frente a los
        partidarios de la democracia participativa conducen al planteamiento de la siguiente
        reflexión en los términos empleados por Lucas (<xref rid="B30" ref-type="bibr"
          id="ID5bc2d093-8499-460b-b101-45976d74ebc8">1994: 238</xref>).</p>
      <disp-quote>
        <p>¿Es posible que una representación política frustre la participación auténtica y general
          de los ciudadanos? ¿Cabe que una representación política enajene del juego político a
          importantes sectores cívicos? Es decir, ¿puede darse una representación política sin
          participación ciudadana?</p>
      </disp-quote>
      <p>La respuesta a estas interrogantes dependerá según el propio autor de la adecuada conexión
        entre el Estado-aparato y el Estado-comunidad. La representación será participada cuando la
        articulación jurídica establecida por el Estado-aparato conecte eficientemente con la
        ciudadanía (Estado-comunidad). La participación será efectivamente representativa cuando el
        Estado-aparato sea eficaz en la recepción y solución de las demandas de aquel. De la
        conjunción de ambos factores surgirá un modelo de Estado próximo al ideal (<xref
          ref-type="bibr" rid="B30">Lucas, 1994: 238-239</xref>).</p>
      <p>Los interrogantes no acaban aquí. Si resultan fundadas las peticiones de una mayor
        participación política por parte de los teóricos de la democracia participativa, es
        conveniente plantear los siguientes interrogantes: ¿puede incrementarse el nivel de
        participación política sin decrecer su calidad? ¿Es posible promover el objetivo de la
        participación política a través de una <italic>ingeniería participativa </italic>que no
        comprometa otros valores democráticos?</p>
      <p>Estas preguntas son susceptibles de una respuesta satisfactoria, según Zittel y Fuchs
          (<xref rid="B60" ref-type="bibr" id="ID09eeeb92-fcf3-418e-845a-39e22a24f955">2006</xref>).
        Para ello han desarrollado un modelo teórico de democracia basado en la integración, la
        expansión y la eficiencia que por su interés merece ser objeto de análisis.</p>
      <p>La «democratización integradora» está enfocada al análisis de las relaciones poliédricas
        entre los actores individuales y las instituciones. Desde un punto de vista clásico las
        instituciones son tenidas por órganos que configuran las metas y aspiraciones individuales.
        Si se pretende favorecer la participación política han de considerarse diversos factores.
        Primero, las personas no nacen siendo ciudadanas. Segundo, ha de entenderse la democracia
        como aptitud vital que requiere ser aprendida. Ello es posible configurando un armazón
        institucional que refuerce la educación de los futuros ciudadanos. La democracia es un valor
        que debe ser aprendido.</p>
      <p>Instituciones y mecanismos eficientes de participación ciudadana refuerzan la influencia
        ciudadana en los procesos de toma de decisión. Ello no implica su participación constante en
        cualquier situación. El objetivo principal es fomentar la influencia real del ciudadano en
        la toma de decisiones políticas sin negar la necesidad de la representación en sociedades
        técnicamente complejas como las actuales<sup><xref ref-type="fn" rid="F5"/></sup>. La
        pluralidad inherente a la sociedad contemporánea, la necesaria integración para la
        supervivencia del Estado, la inexistencia de la libertad sin la distinción entre gobernantes
        y gobernados y la necesaria limitación del poder y responsabilidad de los gobernantes son
        razones teóricas que justifican <italic>per se </italic>la representación (<xref rid="B1"
          ref-type="bibr" id="IDac53e6cb-bf78-4d95-89bb-9fc6beafb2ef">Aragón, 2009: 471</xref>).</p>
      <p>La participación política ha de estar vinculada a la existencia de un modelo democrático
        que tenga por objetivo principal el desarrollo de la noción de comunidad, de grupo social.
        La ciudadanía adquiriría un sentido de la responsabilidad pública que podría reconducir la
        apatía política fomentada por la imposibilidad de incidir eficientemente en la agenda
        política. La realidad institucional, en que la participación ciudadana se reduce básicamente
        a la elección de los representantes, trae consigo un inevitable proceso de distanciamiento y
        desafección política que termina por contaminar la idea de asuntos públicos e intereses
        comunes. Vivimos, según Zittel y Fuchs (<xref rid="B60" ref-type="bibr"
          id="ID62de978f-fbb1-4933-9ce8-32360a397bb9">2006</xref>), en una <italic>democracia
        </italic>electoral.</p>
      <p>La cuestión central pasa por determinar el grado de control político que posibilitaría la
        ansiada integración social. Una sociedad articulada e integrada incrementa sus aptitudes
        políticas al desarrollar un sentido de colectividad. Pero ¿cómo se logra implementar esta
        teoría? La respuesta que los teóricos de la democracia participativa ofrecen se apoya en los
        siguientes cinco puntos: 1) democratizar el centro de trabajo a través de políticas
        regulatorias; 2) recuperar el concepto de esfera de interés público y sociedad civil activa
        mediante la transferencia de recursos y la garantía de auténtica representación; 3)
        revitalizar la democracia local mediante mecanismos de ingeniería participativa garantes de
        un mayor espacio de decisión en las políticas locales; 4) estructurar la comunicación
        fortaleciendo la deliberación entre los diversos grupos sociales y la creación de vínculos
        de intereses colectivos; 5) hacer de internet un espacio de deliberación y formación de
        opinión autónomo y eficiente que permita fortalecer a la comunidad social. No requiere gran
        esfuerzo entender que esta propuesta procura contrarrestar los valores del individualismo e
        interés privado dominantes en la democracia liberal (<xref rid="B4" ref-type="bibr"
          id="IDe2f991dd-01c8-4100-97b2-76f84c1d7f46">Barber, 2003: 17</xref>).</p>
      <p>Una de las alternativas teóricas a la democracia liberal-representativa es la «strong
        democracy» de Barber. El autor estadounidense atribuye a la participación un carácter
        transformador multidimensional mediante la cual el conflicto es transformado en cooperación,
        la representación en un modelo próximo a la autolegislación a través de la participación
        deliberativa y el individuo pasa a ser ciudadano libre a través de la educación cívica
        adquirida mediante la participación institucional deliberativa (<xref rid="B19"
          ref-type="bibr" id="IDa7bcaf5d-88e9-43ee-9718-f4098ef82962">Freitas, 2011: 18</xref>). La
        participación es, por su potencial transformador de la sociedad, factor de legitimación del
        sistema democrático (<xref rid="B4" ref-type="bibr"
          id="IDf24a082d-b58a-4d6d-80dd-ba200a9f6f9d">Barber, 2003: 132</xref>).</p>
      <p>La «democratización expansiva» pretende resolver otra de las falacias legitimadas por los
        defensores de la democracia liberal-representativa, la de la apatía electoral como síntoma
        de normalidad del sistema. Se afirma que el individuo no tiene tiempo o energías que dedicar
        a la participación. La realidad es bien diferente. La insuficiencia de la configuración
        jurídica de los derechos de participación minimiza extremadamente la capacidad de influencia
        real del ciudadano en las políticas públicas, fomentando dicha apatía. La solución radica en
        incrementar el valor y la utilidad de la participación a través de la reconfiguración
        expansiva de los institutos e instituciones de participación política. Se trata, en
        definitiva, de rediseñar las instituciones de forma que permitan la participación ciudadana
        en el proceso de toma de decisiones. Cuando se habla de mecanismos de participación se
        piensa en una mayor eficiencia de la iniciativa legislativa popular y el referéndum.</p>
      <p>Otro de los dilemas que pretende enfrentar la democracia expansiva y la «strong democracy»
        es como superar el impacto marginal del voto individual y las consecuencias que el mismo
        tiene en el necesario fortalecimiento de la participación política. La marginalidad del voto
        individual se basa en la restricción de los mecanismos de democracia directa a escala
        nacional. De ahí que aquellos partidarios de la democracia directa como núcleo de la
        democracia participativa sean al mismo tiempo adeptos de la democracia local (<xref
          rid="B60" ref-type="bibr" id="IDf7ffb3e4-283d-4138-8605-2ea351def6c2">Zittel y Fuchs,
          2006</xref>).</p>
      <p>Para parte de la doctrina la clave pasa por reforzar la participación en la esfera local a
        través de los institutos de democracia directa. Hoy día las competencias locales de
        autodeterminación colectiva son manifiestamente reducidas. La respuesta es la
        descentralización competencial en favor de la esfera local. Solo así se logrará el objetivo
        de hacer de la participación un vehículo de transformación de la ciudadanía (<xref rid="B60"
          ref-type="bibr" id="ID35484d97-7c93-45b8-8161-48d986bbd060">Zittel y Fuchs,
        2006</xref>).</p>
      <p>Nos adentramos en el último de los pilares de esta propuesta alternativa a la democracia
        representativa, la «democracia eficientemente orientada». Los adeptos de la representación
        justifican la apatía electoral en la desproporción entre costes y beneficios para el
        ciudadano. La democracia eficientemente orientada propone una solución que consiste en la
        inversión de los factores de la ecuación: en vez de incrementar los beneficios, la solución
        estriba en disminuir los costes.</p>
      <p>Las nuevas tecnologías son consideradas por no pocos autores como una herramienta
        posibilitadora del incremento de la participación política (<xref rid="B21" ref-type="bibr"
          id="ID3c037ab5-bd0b-4ea7-8152-0bb4446a2a4c">García, 2007: 8</xref>). Con todo, no debe
        caerse en la tentación de negar los riesgos que su implantación conlleva. El profesor Pérez
        Luño habla de riesgos políticos, jurídicos y morales. En cuanto a los primeros, la
        tecnología puede crear una estructura vertical en las relaciones sociopolíticas que
        desemboquen en la despersonalización del ciudadano y la consiguiente alienación política. La
          <italic>teledemocracia </italic>podría llegar a acabar con las estructuras asociativas
        intermedias entre el Estado y la sociedad, como, por ejemplo, sindicatos y partidos
        políticos. Los riesgos jurídicos pueden suponer la continua exposición del proceso
        deliberativo de las Cámaras a aquella, produciendo un empobrecimiento del debate público y
        una pérdida de calidad de las leyes. No deben descartarse posibles violaciones del derecho a
        la intimidad derivadas de manipulaciones informáticas. Por último, los riesgos morales
        apuntan a una posible atomización ética provocada por un vacío de valores comunitarios y
        solidarios (<xref ref-type="bibr" rid="B43">Pérez, 2004: 84 y ss.</xref>; <xref rid="B48"
          ref-type="bibr" id="ID73325e13-8389-45bf-82a3-b847b4abd4e4">Ribas do Nascimento, 2012:
          102-103</xref>).</p>
    </sec>
    <sec>
      <title>IV. CONCLUSIONES</title>
      <p>La conversión del Estado liberal en democrático tuvo en la ampliación de la participación
        política al conjunto de los ciudadanos uno de sus paradigmas esenciales. De ser un factor
        secundario para la legitimidad de la incipiente democracia pasó a ser <italic>conditio sine
          qua non </italic>de la misma. Su inclusión entre los principios fundamentales y su
        reconocimiento como derecho fundamental en la práctica totalidad de las Constituciones
        posteriores a la Segunda Guerra Mundial es buena prueba de ello. No obstante, su concreción
        normativa iba a depender del modelo de democracia que terminó por hacerse hegemónico: la
        liberal de corte representativo.</p>
      <p>Varias décadas más tarde, los fundamentos politológicos, históricos y sociológicos en que
        se apoya aquella continúan reduciendo la participación política a poco más que la selección
        cuatrienal de los representantes. La ciudadanía no dispone ni de mecanismos de control
        periódico de la labor de los dirigentes ni de la posibilidad de interactuar eficientemente
        en y con las instituciones decisorias del Estado. Deficiencias que tienen incidencia directa
        en la crisis de legitimidad que viene afectando a un buen número de democracias
        occidentales.</p>
      <p>En este contexto cargado de incertidumbre, diferentes autores vienen desarrollando
        propuestas alternativas que buscan dar mayor densidad normativa a la participación política.
        Su solvencia intelectual justifica la apertura de un debate político reflexivo y prolongado
        sobre la conveniencia de implantar nuevas fórmulas participativas que contribuyan a paliar
        esta crisis <italic>en </italic>la democracia. La recuperación de la credibilidad en las
        instituciones y el consecuente perfeccionamiento de la democracia del siglo <sc>xxi</sc>
        exigen repensar y redefinir el modelo de interacción entre ciudadanía y operadores políticos
        en el marco de las instituciones decisorias del Estado. Representación y participación han
        de ser considerados ejes complementarios de un nuevo modelo democrático que haga del
        ciudadano algo más que un mero votante.</p>
    </sec>
  </body>
  <back>
    <fn-group>
      <fn id="F1">
        <p>Art. 29 de la Constitución francesa de 1793: cada ciudadano tiene el mismo derecho para
          concurrir a la formación de la ley y al nombramiento de sus mandatarios y agentes.</p>
      </fn>
      <fn id="F2">
        <p>Cf. Sousa y Avritzer (<xref ref-type="bibr" rid="B57">2004: 35 y ss</xref>).</p>
      </fn>
      <fn id="F3">
        <p>En sentido contrario, Bonavides (<xref rid="B9" ref-type="bibr"
            id="IDccb357d0-775d-4944-8372-515fa7d9e6e9">2008: 23</xref>) considera que un bajo grado
          de participación da un barniz de legitimidad a la farsa de un sistema
          desproporcionadamente representativo y es la causa principal del divorcio entre el pueblo
          y las instituciones de gobierno.</p>
      </fn>
      <fn id="F4">
        <p>La piedra angular de las teorías <italic>de </italic>Rawls y Habermas es el logro de
          democracias liberales estables institucionalmente. Para Rawls, una sociedad bien ordenada
          será aquella en la cual la justicia sea el elemento nuclear del orden y la estabilidad
          democrática. Una justicia que se proyecta en unas instituciones básicas regidas a través
          de los llamados principios de justicia logrados a través del consenso sobrepuesto en una
          hipotética situación de equidad denominada <italic>posición original</italic>. Para
          Habermas, la estabilidad democrática se alcanzará a través de la creación de una forma de
          gobierno integrada mediante la percepción racional de su legitimidad.</p>
      </fn>
      <fn id="F5">
        <p>Rubio (<xref rid="B50" ref-type="bibr" id="IDa1f80305-a2a0-458f-b8d4-8fbdba543cd8">2012:
            648</xref>) niega la crítica irreflexiva que minusvalora el valor de la representación
          democrática al afirmar que: «El espejismo dogmático conduce, de una parte, a centrar la
          crítica en el protagonismo de los partidos y, en relación con él, en la sujeción a estos
          de los representantes elegidos en sus listas; de la otra, a quebrar toda conexión entre
          representantes y representados, liberando a estos de culpa por los defectos que lamentan,
          obra exclusiva, se piensa, de «los políticos». Una diabolización tan absurda y tan falsa
          como la divinización que estos tienden a hacer de sí mismos. Seguramente su dosis de
          altruismo no es mayor que la del resto de los mortales y seguramente actúan las más de las
          veces movidos por apetitos, no necesariamente innobles, de poder y gloria, o por una
          codicia económica que, en nuestras sociedades, es indigna solo por los medios que utiliza,
          no por su fin. Pero seguramente también desempeñan una función social cuya necesidad ha de
          ser reconocida tanto al menos como la hoy tan celebrada de los empresarios. Si no cabe
          pensar, como antes se ha dicho, que los hombres de nuestra época consagren mucho tiempo ni
          dediquen muchos esfuerzos a la cosa pública y menos aún que hagan depender de su
          participación en ella su propia realización personal, algún reconocimiento deben a quienes
          hacen de ello profesión».</p>
      </fn>
    </fn-group>
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