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        <article-title xml:lang="es"><styled-content style-type="transform"><sc>María José Villaverde Rico: </sc><italic>Rousseau visto por sus contemporáneos: odio e idolatría, </italic>Madrid, Guillermo Escolar Editor, 2025, 223 págs.</styled-content></article-title>
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          <license-p>Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Transcurrido un año desde su publicación, este trabajo estará bajo licencia de reconocimiento Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obra derivada 4.0 España, que permite a terceros compartir la obra siempre que se indique su autor y su primera publicación en esta revista.</license-p>
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    <p>¿Cómo era Jean-Jacques Rousseau? Él mismo se mostraba muy consciente de su singularidad. En sus <italic>Confesiones </italic>escribió que no era como ninguno de cuantos había visto, «y me atrevo a creer que no soy como ninguno de los que existen». Quizá ese carácter único, su rareza, era lo que le hacía tan atractivo para sus contemporáneos: «El éxito de mis primeros escritos me había puesto de moda (…) se quería conocer a aquel hombre raro que no buscaba a nadie ni se preocupaba de nada más que de vivir libre y feliz a su manera». O, como también escribía, «todos me imaginan según sus fantasías, sin preocuparse de si el hombre real se corresponde con ellas». Ese hombre real, ¿fue un profeta o un mero sofista? ¿Creía de verdad en todo lo que afirmaba? O, por el contrario, era como si su brillante pluma tuviera vida propia y le llevara al exceso y a la excentricidad en sus escritos. Puede que esto explique alguna de sus contradicciones. Un pensador sin duda moderno, pero en guerra con la modernidad. Un admirador del antiguo mundo grecorromano, un mundo en el que él no hubiera tenido cabida. Y, lo que sin duda es el tema central del libro de María José Villaverde, ¿fue Rousseau un ilustrado que cambió de bando en un determinado momento? Sus conflictos con ilustrados tan arquetípicos como Voltaire, Diderot y Hume, ¿tenían detrás solo cuestiones personales? O, ¿no habría también diferencias ideológicas profundas? Y, dando un paso más, ¿qué había por debajo de las
      posiciones teóricas de Rousseau? ¿No estarían justificadas por su posición social de partida, por su propio estilo de vida tan insólito como desclasado? Nuestro protagonista pasó por situaciones en las que pudo contrastar perfectamente la libertad y los privilegios de los que gozaban los grandes y poderosos con las humillaciones que tenían que soportar los campesinos, los criados y los aprendices. Él mismo fue un sirviente, y así podía atestiguar cómo la impotencia y el resentimiento, producto de esa condición, pervertían la naturaleza de las personas, convirtiéndolas en deshonestas y envidiosas, cuando no en ladronas y mentirosas. Por eso, cree que tiene mucho que expresar: «Que nadie diga que porque solo soy un hombre del pueblo no tengo nada que decir que merezca la atención del lector (…)». Todo lo contrario, justamente porque es un hombre del pueblo tiene algo especial que aportar, el punto de vista de un plebeyo que está seguro de que los campesinos de Montmorency son miembros más útiles para la sociedad «que todo ese montón de ociosos pagados con el sudor del pueblo para ir a una Academia a charlar seis veces por semana». Desde esa perspectiva podemos comprender afirmaciones tan tajantes como «odio a los grandes, odio su condición, su dureza, sus prejuicios, su mezquindad y todos sus vicios, y los odiaría aún más si los despreciara menos». Lo que, por supuesto, no le impedía hacer excepciones a nivel personal. Es más, si este era el punto de partida a nivel
      general, ¡cuánto no deberían sentirse halagadas algunas personas importantes porque estuviera dispuesto a concederles su afecto!</p>
    <p>Pero, además del punto de vista que aporta esta posición social conscientemente asumida, y que seguramente está presente en todos sus escritos, debemos preocuparnos de la tarea de aclarar con un cierto detalle sus posiciones teóricas porque son tan múltiples como seguramente difíciles de conjugar. ¿Con qué hemos de quedarnos o qué hemos de destacar más? ¿La crítica de las ciencias y las artes del primer <italic>Discurso? </italic>¿La presentación y defensa del legislador intransigente en <italic>El contrato social? </italic>¿La exaltación de los sentimientos de <italic>La nueva Eloísa? </italic>¿O debemos dar la prioridad al autor de las <italic>Confesiones, </italic>donde se atrevía a desvelar la intimidad de una vida donde el masoquismo y el exhibicionismo tenían un cierto lugar? Como vemos, las preguntas se agolpan en torno a Jean-Jacques (caso llamativo el que se le conozca también por su nombre) y a sus escritos. A todas ellas intenta responder esta obra, que conjuga un estilo muy ágil con una erudición impresionante. Para darse cuenta de esto último basta acudir a las numerosísimas notas a pie de página que tiene el libro.</p>
    <p>En cualquier caso, e intentando responder a nuestras preguntas, Rousseau se presenta a sí mismo como un personaje embriagado de virtud, y esto no podía sino provocar reacciones ambivalentes en la sociedad del momento. Rousseau valoraba de forma extraordinaria su independencia de los poderosos e incluso estaba dispuesto (aparentemente) a sacrificar el éxito para así poder proclamar grandes verdades. Al menos este era su ideal, porque muchas veces la realidad se imponía, aunque con resultados psicológicamente complejos. Cuando uno era famoso no resultaba tan fácil ser una víctima que pudiera autodescribirse como «solo, extranjero, aislado, sin apoyo, sin familia (…)», y tampoco era tan fácil dejar de alojarse en casa de los ricos y negarse a aceptar sus favores y sus regalos. Al fin y al cabo, el príncipe de Conti obtuvo sin dificultad la gracia de darle tiempo suficiente para huir de Francia cuando se dictó su orden de arresto. Y podríamos decir que hizo muy bien. Contar con el apoyo de la aristocracia tenía sus ventajas. María José Villaverde nos recuerda la anécdota de que «los cuatro agentes vestidos de negro que portaban la orden de detención contra Rousseau, y cuya carroza se cruzó con la suya, le saludaron ceremoniosamente y le dejaron marchar». (p. 65). Pero esto parece muy contradictorio con la imagen de víctima de una conspiración poco menos que universal. ¿Cómo salir de esta contradicción? ¿Cómo reaccionar ante la ambigüedad de esta situación? La respuesta la
      encontró Rousseau en aceptar muchos de los beneficios que se le ofrecían al mismo tiempo que desarrollaba una postura de rencor, como si gracias a la ingratitud fuera a recuperar la independencia. Es fácil darse cuenta de que esta estrategia por fuerza le tenía que llevar a romper con muchos de sus protectores y amigos. Y es así que romperá con los <italic>philosophes. </italic>Pero, aparte de rencillas propias de una personalidad hipersensible y de la lógica interna de esa ambigüedad seguramente inevitable que acabamos de mencionar (acepto algo que necesito, pero al mismo tiempo me avergüenzo de ello y me rebelo), es evidente que veía en los filósofos ilustrados (amigos y compañeros suyos en un primer momento) posturas que le resultaban teóricamente inaceptables. Esta contraposición en sus temas más significativos es analizada por María José Villaverde con enorme agudeza, y es desde luego uno de los grandes méritos del libro. Mencionemos algunos de estos temas.</p>
    <p>En primer lugar, los filósofos ilustrados le parecían a Rousseau misioneros del materialismo y del ateísmo. Por eso, en una cena en la que es probable que se manifestaran opiniones insultantes para con la divinidad, nuestro personaje se habría levantado exclamando «Yo creo en Dios (…) [y] si decís una sola palabra más me marcho». Como subraya María José Villaverde en la página 41 de su texto, la cruzada de Rousseau contra el ateísmo había comenzado. Y, desde luego, era difícil (aunque no imposible) que muchos de los filósofos ilustrados pudieran coincidir con alguien que escribía que «la filosofía no puede hacer ningún bien que la religión no haga mucho mejor, y la religión hace muchos que la filosofía no puede hacer». O, entrando en un terreno mucho más personal, «he sufrido demasiado en esta vida para no confiar en la existencia de otra. Todas las sutilezas de la metafísica no me harán dudar de la inmortalidad del alma y de una Providencia bienhechora. La siento, la creo, la quiero, la espero, y la defenderé hasta mi último suspiro». En otro momento de su libro, y hablando del abate Gauchat, uno de los máximos portavoces del racionalismo cristiano del momento, María José Villaverde se pregunta: «¿No recuerda a Rousseau su yuxtaposición de razón y fe, su tesis de que algunos dogmas son accesibles a través de la razón mientras que otros sobrepasan el conocimiento humano, de que Dios puede cambiar o suspender las leyes de la naturaleza (lo que explicaría la existencia
      de los milagros), de que la Revelación ilumina y esclarece la razón, y de que la gracia no se opone, sino que se suma al saber que proporciona la razón?» (p. 150). El que tantas tesis, que parecerían sacadas de un manual de filosofía escolástica medieval, puedan recordarnos a Rousseau indica bien a las claras lo lejos que estaba del proyecto ilustrado.</p>
    <p>Y es probable que si uno se siente en compañía de Dios pueda rechazar el contacto estrecho con los hombres y aspirar a vivir como un eremita en la soledad de los bosques. Por el contrario, en la visión ilustrada de la naturaleza humana, con todo lo que tiene de secular, se insistirá en que la búsqueda de su bienestar impulsa a los hombres a vivir en sociedad. Es más, no sienten que estén exiliados en este mundo, no se consideran en un país enemigo (posibilidad que el cristianismo siempre habría contemplado). Pues bien, frente a esta apuesta de la Ilustración por perfeccionar a los hombres a través de los intercambios sociales y del lento aumento de un saber que se va acumulando y que se comparte de forma gozosa, Rousseau presentaba una crítica radical de la civilización. El hombre se degrada según se aleja de la naturaleza, y los conocimientos que adquiere al renunciar al orden natural acaban pervirtiéndole, con el resultado concluyente de que el progreso de las ciencias y de las artes no ha añadido nada a nuestra verdadera felicidad. Desde luego, esta era prácticamente una objeción a la totalidad de la Ilustración. Incluso, llevado por la exaltación, Rousseau abría la posibilidad en su <italic>Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, </italic>por difícil que fuera, de intentar volver a nivel individual a ese estado natural: «Vosotros, los que podéis dejar en medio de las calles vuestras funestas adquisiciones, vuestros espíritus
      desasosegados y vuestros refrenados deseos, tomad, puesto que de vosotros depende, vuestra antigua y primera inocencia; id a los bosques a perder la vista y la memoria de los crímenes de vuestros contemporáneos y no temáis envilecer vuestra especie renunciando a su ilustración». De hecho, considera que la ilustración de su siglo es responsable de una urbanidad y una cortesía aparentes que impiden las amistades sinceras. Su lugar lo ocupan las sospechas, los recelos, la reserva y la traición. No solo es que aquí esté el Rousseau que sabe que no encaja nada bien en el mundo de la aristocracia, es que de acuerdo con este planteamiento ninguno de nosotros podría o debería sentirse a gusto o seguro en ese ambiente de apariencias tras las que asoma la crueldad. Por eso, Rousseau se encomienda a un Dios todopoderoso y le pide que nos libre de las luces y nos devuelva a la ignorancia, la inocencia y la pobreza. Pero él mismo subrayaba que no se trataba de volver a vivir en la selva como los osos ni de pasar a alimentarse de hierbas y bellotas, y tampoco es que pudiéramos pasarnos sin leyes ni sin jefes. Pero, entonces, ¿qué opción nos quedaba a nivel social? Quizá podamos entender que esta impotencia confesada no era difícil de leer en perspectiva conservadora, que estábamos ante una paradoja que en su misma radicalidad de fuego de artificio acababa dejando las cosas como están. Muy acertadamente, María José Villaverde observa que «seremos incapaces de entender lo que fue la
      Ilustración si nos olvidamos del movimiento antiilustrado que ella misma generó» (p. 162). Pues bien, no es difícil darse cuenta en función de los textos que acabamos de citar de las semejanzas entre Rousseau y los <italic>antiphilosophes, </italic>esos pensadores que frente a los nuevos valores ilustrados no querían separar la moral y la religión y exaltaban la vida virtuosa de un pasado seguramente imaginario. Algo no muy diferente de un Rousseau que no quería que las representaciones teatrales corrompieran a los virtuosos ciudadanos de Ginebra. El teatro podía estar bien en una sociedad corrupta como la parisina, al evitar allí males mayores (¿acaso no era él mismo autor teatral?), pero de ahí a admitir su presencia en una sociedad íntegra… </p>
    <p>Pero no nos precipitemos, porque frente a todo lo anterior quizá podríamos defender la modernidad de Rousseau apelando al <italic>Contrato social, </italic>una obra en la que se argumentaría a favor de la igualdad de derechos y la soberanía del pueblo. Para algunos de sus contemporáneos, si Voltaire era el abanderado de la lucha contra la superstición, Rousseau habría sido el fundador de la libertad, teniendo así una influencia fundamental en la Revolución francesa. Algo de verdad hay en esto, aunque como escribe María José Villaverde, es una tarea difícil ver en Rousseau a un defensor de los derechos del hombre, porque en <italic>El contrato social </italic>«no hay defensa alguna de la vida, la propiedad y la libertad, que se ceden a la comunidad todopoderosa» (p. 136, nota a pie de página número 575).</p>
    <p>Pero, además, y ya que acabamos de mencionar la influencia del pensamiento de Rousseau en la Revolución francesa, quizá convenga reflexionar sobre el hecho de que pudo afirmarse que en nombre de los ideales de Rousseau unos iban a prisión y otros les condenaban, unos subían a la guillotina y otros les guillotinaban. Una vez más nos encontramos en el mundo de la contradicción, aunque desde luego Rousseau escribió en un determinado momento: «¡Consideremos el peligro que comportaría mover a las masas enormes que conforman la monarquía francesa! ¿Quién podrá detener la convulsión producida o prever todos los efectos que puede conllevar? (…) ¿Qué hombre con sentido común se atrevería a abolir las antiguas costumbres, a cambiar las viejas máximas y a dar al Estado una forma distinta a la que mil trescientos años han otorgado?»</p>
    <p>Por último, y por ir concluyendo ya nuestra reseña, hay otros dos grandes temas que se analizan en este libro y que no queremos dejar de mencionar. Uno lo constituirían las opiniones de Rousseau sobre la identidad femenina. ¿Deben educarse las mujeres? Por supuesto que deben aprender muchas cosas, «pero solo las que les convienen». ¿Y qué les convenía? Como nos aclara María José Villaverde, para Rousseau «el destino de la mujer es ser madre, de ahí su sacralización de la maternidad y su crítica en <italic>Émile </italic>a las mujeres que tienen pocos hijos» (p. 172). Y es así como Rousseau nos presenta como modélica a la madre espartana que ha tenido cinco hijos. Bien es verdad que todos han muerto en el campo de batalla, pero ella acude corriendo al templo para dar gracias a los dioses al tener noticias de la victoria de su <italic>polis. </italic>Y este es el segundo tema que queríamos subrayar. En Rousseau hay mucho de utopía espartana. Esparta sería la más virtuosa de las ciudades griegas, y a lo mejor no era casualidad que no tuviera filósofos. Tenía patriotismo, y Rousseau en sus dos proyectos de constitución para Córcega y Polonia lo dispondrá todo para hacer de la patria la pasión dominante. Como muy bien comenta la autora del libro: «Un patriotismo que se opone de manera expresa al humanitarismo y al cosmopolitismo de las Luces. Como afirma en las <italic>Lettres écrites de la Montagne, </italic>el patriotismo y la humanidad son incompatibles porque las
      filosofías y las religiones humanitarias, al desarrollar virtudes como la justicia, la caridad, y la indulgencia, crean hombres justos, moderados y amigos de la paz, y en este sentido son beneficiosas para el género humano, pero son perjudiciales para las naciones al debilitar los lazos políticos». (p. 191). Todo esto está en las antípodas del pensamiento ilustrado. Parecería entonces que el juicio debiera ser bastante concluyente: Rousseau se rebeló contra la Ilustración, aunque lo hizo en un contexto de opinión pública donde las ideas se discutían apasionadamente. En tanto que participó en esos debates fue formalmente —podríamos decir— un hombre de la Ilustración. ¿Y en cuanto al contenido de sus ideas? Desde luego hay mucho de atractivo en su crítica a la hipocresía y la falsedad reinantes entre las elites, y en su denuncia de un orden sociopolítico dominado por la desigualdad, por no hablar de una apología de la naturaleza que prefigura el romanticismo. En suma, estaríamos ante una figura extraordinariamente compleja a la que merece mucho la pena estudiar con cuidado. Y en esta tarea el libro de María José Villaverde es un acompañante ideal. </p>
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