Biesta, G. (2017). Redescubrir la enseñanza. Morata. ISBN: 978-84-369-6051-8

Asistimos a la clamorosa proclama neoliberal sobre la pobreza existencial que exhibe la escuela. La institución tiene que generar beneficios discernibles para ser bendecida por la lógica del mercado. No hay de qué sorprenderse cuando nuestro autor evoca la imagen de un robot aspirador para ilustrar la tendencia dominante al disponer aquello que la educación debe lograr. El aparato doméstico es autónomo, optimiza sin ayuda su recorrido por los espacios que hay que librar de polvo y suciedad. De forma análoga, la educación se consagra al autoaprendizaje del alumnado: el camino más eficiente y personalizado para alcanzar el desarrollo de sus talentos y competencias. Huelga decir lo accesorio de la figura del profesor en este paradigma. Les corresponde nada más que la abstracta tarea de hacer aflorar tal autoconocimiento y autodesarrollo.

Contrario a tales pretensiones, Gert Biesta compone en Redescubrir la enseñanza -con traducción y presentación preliminar de la profesora Bianca Thoilliez- una oda en defensa de la esencia de la enseñanza y de la figura del profesor. Comienza el primer capítulo, ¿Qué es la tarea educativa?, abordando la cuestión sobre el trabajo educativo. A su entender, el sentido último de la educación reside en la responsabilidad de interrumpir la egológica del estudiante. Interpelarle, llamarle, atraerle hacia una existencia como sujeto, pero no como sujeto idéntico a sí mismo. Muy al contrario, como si de un despertar de un estado de somnolencia se tratara, lo esencial es existir como un sujeto “fuera de uno mismo, es decir, en cierto modo “sobresalir” (“ek-sist”) del mundo y ser arrojado a él” (Biesta, 2017, p. 6). Durante el segundo capítulo Liberando la enseñanza del aprendizaje, el autor discute la cuestión sobre la relación entre enseñanza y aprendizaje. Desde una perspectiva gnoseológica, recurre a la Historia de la Filosofía para argumentar una crítica, en último término, contra el paradigma dominante en la actualidad: el constructivismo. Biesta problematiza el protagonismo del yo en cuanto al acto de comprensión en la lógica constructivista. En sus propias palabras, “si esta es la única manera en que concebimos nuestra relación con el mundo y nuestra posición en él, nos encontraremos limitando significativamente nuestras posibilidades existenciales” (Biesta, 2017, p. 40). En el capítulo tercero, El redescubrimiento de la enseñanza, toma como punto de partida la reflexión planteada en el capítulo anterior, ¿Es verosímil considerar que la mera existencia puede ser entendida en términos de sentido, entendimiento y comprensión? Para argumentar su respuesta, comienza por analizar las raíces de la crítica actual a la educación tradicional. Propone ir más allá de la superficie, exponiendo el desgaste de la figura del profesor derivado de tal pensamiento, invitándonos a reflexionar sobre la relación entre autoridad y obediencia. El capítulo cuarto, No te dejes engañar por maestros ignorantes, continúa profundizando en esta cuestión a través del análisis de la idea de los conceptos de educación, igualdad y emancipación en las pedagogías críticas, deteniéndose con más detalle en el pensamiento de Paulo Freire y en el planteamiento de Rancière (1991) como contrapunto, analizando las interpretaciones dominantes de ambos y sus consecuencias actuales. En el último capítulo Pidiendo lo imposible: la enseñanza como disenso, se centra en el sentido del acto de enseñar. Frente a las concepciones que vinculan la enseñanza a una lógica temporal (bien en relación al momento del desarrollo, bien en función de la adquisición de competencias para el futuro), Biesta propone la enseñanza como disenso, entendiendo este no como conflicto, sino como una forma de orientar al estudiante hacia lo imprevisto, reivindicando el papel de la confianza en las relaciones educativas, en aquellas situaciones en las que no es posible prever la manera en que va a actuar otro ser humano.

En este libro hallamos una disquisición filosófica sobre la enseñanza. No parece posible restringir la pregunta por la educación, siempre retornada, a una respuesta última. Es acaso el deber de la educación mantener encendida la luz del conocmiento, evitar que se asiente el polvo del olvido sobre los conocimientos acumulados por la conciencia humana. Sea quizás este un primer paso para transmitir a las nuevas generaciones el amor y la responsabilidad por el mundo.

María Casas Bañares